El neoliberalismo es fácil: es simplemente una cuestión de desmantelar las regulaciones y restricciones y dejar que el mercado internacional tome el control. Durante un período (que puede ser bastante prolongado) habrá protestas de personas que pierden sus empleos y beneficios sociales, fábricas que cierran, etcetera, por lo que puede ser necesaria mano dura al principio (como en Inglaterra bajo Margaret Thatcher, Chile bajo Augusto Pinochet y Argentina actualmente bajo Javier Milei), pero luego el mercado asume maravillosamente la tarea de disciplinar a la gente y la violencia estatal solo es necesaria de vez en cuando, cuando estalla el descontento popular (muchas veces de forma espontánea) (como en Chile en 2019). El neoliberalismo conlleva mayor desigualdad social, pero raras veces conduce al desarrollo económico. Sin embargo, esa es otra historia.

El neoliberalismo puede necesitar mano dura, al menos inicialmente, como nos han demostrado la fallecida Primera Ministra británica Margaret Thatcher y el dictador chileno Augusto Pinochet, pero en algún momento los mercados se hacen cargo de instalar la disciplina en las fuerzas sociales. Después, la represión sólo es necesaria de vez en cuando. Thatcher llamó a Pinochet un "verdadero amigo" y Javier Milei se declara un admirador de ella. En la foto, Margaret Thatcher con Pinochet y su esposa, Lucía Hiriart. en Londres en 2013. Foto: EPA/Ian Jones.
El desarrollismo es mucho más complicado. Como implica planificación económica y protección o subsidios para industrias seleccionadas y como apunta al pleno empleo y algún tipo de política igualitaria, los conflictos económicos tienden a convertirse en conflictos políticos. Por lo tanto, un Estado desarrollista está casi constantemente bajo presión de grupos con diferentes intereses, conflictos que no se puede resolver simplemente alegando la necesidad de los mercados internacionales. Por lo tanto, las exigencias en cuanto a gobernanza y la calidad de la burocracia estatal son mucho más elevadas, y si no están a la altura, la política fracasa. Históricamente hay muchos casos tanto de éxitos como de fracasos. En un Estado desarrollista, la economía y la política están estrechamente relacionadas y se apoyan mutuamente. El fracaso en un área puede causar un colapso, por lo que la cuestión de crear una base política sólida es esencial.
Como el desarrollismo se refiere a una economía capitalista, donde la mayor parte de la economía está en manos privadas (incluso si a veces también hay importantes empresas estatales), necesariamente habrá una relación estrecha entre el sector privado y el Estado. Se trata de una relación muy complicada, ya que los intereses sólo son parcialmente compartidos. Habrá permanentemente intentos por parte de las grandes empresarios de capturar el Estado, y si lo logran, el Estado desarrollista degenera fácilmente en un “capitalismo amiguista” puro, que rara vez conduce al desarrollo. Entonces, para que el desarrollismo funcione, tiene que haber una burocracia estatal independiente y relativamente competente. Sólo puede seguir siendo independiente si los dirigentes políticos (sean ellos electos o no) lo respaldan. Un gobierno débil no podrá resistir la presión.
Para disciplinar a las empresas privadas, los estados desarrollistas generalmente utilizan una combinación de recompensas y castigos (zanahoria y palo). Las recompensas generalmente han sido la protección de la competencia internacional, a veces otorgando (o creando) un monopolio en el mercado interno, préstamos preferenciales, exenciones fiscales y subsidios directos, por ejemplo, para los gastos en Investigación y el Desarrollo. Si las empresas privadas no realizan las inversiones y el desarrollo de la producción acordados, normalmente habrá sanciones, como, por ejemplo, denegación de créditos preferenciales, exigencias de devolución de subsidios y cosas similares. Si no hay castigos, todo degenera en un capitalismo amiguista. De ahí la necesidad de una burocracia fuerte e independiente con respaldo político.
Históricamente, el Estado desarrollista exitoso se ha basado en una alianza entre el gobierno y los capitalistas industriales, con el gobierno al mando. El financiamiento ha sido proporcionado por bancos privatizados (caso de Corea del Sur) o por un banco de desarrollo de propiedad estatal y bancos privados fuertemente controlados (Japón). Tanto en Japón, Corea del Sur como Taiwán, una reforma agraria había puesto fin a un sistema semifeudal de tenencia de la tierra y había creado un gran sector de granjas familiares (al obligar a los terratenientes a vender parte de sus tierras). Los trabajadores no formaron parte de la coalición, al menos no inicialmente, y los sindicatos fueron controlados por el gobierno. Aun así, a medida que se crearon cantidades de empleos en la industria y se redujo el desempleo, los trabajadores también se beneficiaron del desarrollo, y en fases subsiguientes creció el poder de los sindicatos.

La reforma agraria puso fin a los sistemas semifeudales de tenencia de la tierra en el este de Asia después de la Segunda Guerra Mundial. Muchos consideran que fue un factor que contribuyó al desarrollo de los “tigres asiáticos”. No es así, dice la revista estadounidense “The Atlantic”, portavoz informal de la OTAN: “Para los autoritarios, la reforma agraria es una herramienta conveniente para destruir a las élites rivales en el campo y al mismo tiempo enredar a los trabajadores rurales en los tentáculos del poder autoritaria”. Un punto de vista que pocos comparten.
Ahora que hay un creciente interés por el desarrollismo en todo el sur global, lo que preocupa a muchos es que históricamente fue en muchos casos implementado, al menos inicialmente, por dictaduras militares (por ejemplo, Corea del Sur, Brasil, Perú, Filipinas, Indonesia) o gobiernos autoritarios (por ejemplo, Taiwán, Japón, México). Entonces, ¿un Estado desarrollista implica necesariamente un gobierno de un “hombre/mujer fuerte” (como actualmente en Rusia y China)? ¿Y será posible que los sectores populares (sindicatos, pequeños agricultores, etc.) formen parte dirigente de la coalición de desarrollo?
Es importante señalar que todos los gobiernos, sean elegidos o no, necesitan tener una coalición que les respalde para poder gobernar. Los gobiernos desarrollistas elegidos muchas veces han tenido un líder carismático (como por ejemplo Joko Widodo en Indonesia, Narendra Modi en India, Vladimir Putin en Rusia o Evo Morales en Bolivia). El desarrollo en Bolivia desde el primer gobierno del MAS en 2006 es un ejemplo peculiar, ya que la coalición detrás del gobierno fue compuesta principalmente por organizaciones indígenas, pequeños agricultores, pequeños empresarios urbanos y (solamente en parte) sindicatos, mientras que ha tenido dificultades en crear una alianza con el sector industrial privado, y ha sido confrontada con mucha hostilidad y obstrucción por parte de los grandes agricultores de las tierras bajas (y el golpe contra Evo en 2019).
Hay quienes afirman que no sirve de mucho estudiar la historia, porque ahora el mundo está dominado por la “economía del conocimiento”, las industrias están interconectadas en complicadas cadenas de suministro internacionales, o incluso que ahora vivimos en una sociedad “postindustrial” donde los servicios son, y deberían ser la parte principal. La idea de que los países en desarrollo deban dar el salto directo a una sociedad postindustrial es, en mi opinión, ridícula. Todas estas tonterías terminan siendo una excusa por el actual sistema internacional insostenible en él que la mayoría de los países en desarrollo exportan materias primas y migrantes a los países desarrollados, y su sector de servicios sobredimensionado está dominado por empleos informales de baja calidad y con ingresos de subsistencia (y muchas veces ni siquiera eso).

Los Estados desarrollistas estén muchas veces dirigidos por líderes carismáticos, lo que significa que tienen un poder personal sustancial. En la foto, el presidente indonesio, Joko Widodo, reuniéndose con el primer ministro indio, Narendra Modi, en Nueva Delhi en 2018 (dominio público a través de Wikimedia Commons)
No significa que deban copiarse las experiencias de Japón y el este Asiático. El desafío es cómo movilizar a una mayoría de la población de los países como parte de una alianza de desarrollo bajo algún tipo de sistema democrático, no como una burbuja política eufórica de corto plazo, sino como algo que se pueda mantener a largo plazo. Algo se puede aprender de la historia en este sentido.
En primer lugar, en ausencia, esperemos, de una dictadura, una amplia mayoría debe movilizarse en apoyo a esta política. El principal obstáculo son las políticas de redistribución insostenibles, ya que hay siempre la tentación de tratar de mantener esta amplia mayoría entregando más beneficios de lo que la producción local pueda sostener. El resultado es inflación, déficit presupuestario, etc.
En segundo lugar, debe quedar claro desde el principio que el Estado desarrollista es el líder, y que a la clase capitalista industrial, aunque sea beneficiaria, no se le permite tomar el poder, y tiene que cumplir con su parte del compromiso. No es fácil. En la mayoría de los países en desarrollo, las familias acomodadas (“la élite”) ven al Estado como su botín innato. Pueden pelearlo entre ellos (tradicionalmente en un sistema bipartidista donde alternan en el poder), pero nunca aceptarán pacíficamente que clases hasta ahora marginales de repente tomen el poder. Ésta es la razón del odio visceral hacia, por ejemplo, Salvador Allende en Chile, Juan Velasco Alvarado en Perú, y, más reciente, Hugo Chavez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia. En este contexto, cabe recordar que la correlación de fuerzas normalmente cambia con el tiempo, y si hay una crisis política, los grandes empresarios están más que dispuestos a romper la alianza (a pesar de haberse beneficiado de ella) y tomar ellos el control, por la fuerza si fuese necesario. Se menciona muchas veces a Corea del Sur como un ejemplo de cómo los poderosos Chaebols fueron disciplinados por el Gobierno (militar), y en China el Gobierno está visiblemente interesado en evitar que los multimillonarios, creados gracias a su política, se vuelvan demasiado poderosos.
De modo que gestionar un Estado desarrollista es navigar entre Escila y Caribdis, entre políticas de redistribución insostenibles y un capitalismo amiguista. Requiere un marinero hábil.
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Este es el segundo artículo sobre el desarrolismo. En el próximo artículo analizaremos el contenido de la política desarrollista.
Para leer el primer artículo, pulse el enlace abajo:
1. Es hora de desempolvar unas viejas ideas sobre el desarrollo económico.
