Durante la globalización neoliberal, la mayoría de los políticos argumentarían que la política económica era sólo una cuestión de cómo un país podía adaptarse a los requisitos de los mercados internacionales y de los inversionistas internacionales que mueven su capital por todo el mundo (de ahí la frase famosa de Margaret Thatcher: “No hay alternativa”). ¿Quieren aumentar los salarios? Vamos a trasladar la producción a otro país. ¿Quieren aumentar los impuestos al capital? Lo vamos a trasladar a otro país. Lo elegante del neoliberalismo es que los conflictos económicos se relegan al mercado, la política económica se despolitiza, por así decirlo.
Hay cambios graduales en este sentido últimamente. Los aranceles, las exoneraciones dirigidas de impuestos y los subsidios han vuelto en todas partes, tanto en los EE.UU., la UE, China, India, Rusia y muchos países en desarrollo. En muchos países las empresas estatales vuelven a desempeñar un papel importante en el desarrollo económico. Estamos de nuevo en una situación en la que se deben tomar decisiones políticas sobre cómo la gente quiere que sea el futuro de su país, incluyendo cómo se debe estructurar la economía.
Así que la política económica está de regreso.
Se ha iniciado un debate, sobre todo en círculos académicos, sobre cómo pueden utilizar este nuevo espacio las fuerzas políticas que, en líneas generales, podríamos denominar no-neoliberales (llamémoslas por el momento la “izquierda”, aunque eso sea bastante problemático). Es evidente que existe una oportunidad para la planificación económica y la política industrial, que puede utilizarse para crear empleos de calidad mejor remunerados y, por ende, reducir la desigualdad, reindustrializar (aunque no signifique muchos empleos nuevos directos, crea muchos empleos indirectos), impulsar una “transición verde” más rápida, mejorar la legislación laboral y medioambiental (ya que el debilitamiento del poder de los mercados internacionales significa que existe una oportunidad de detener la carrera hacia el fondo, inherente a la globalización neoliberal) etc.
Existe incluso una declaración común sobre este tema de la “izquierda light”, llamada “Declaración de la Cumbre de Berlín”. La “Declaración” establece que “necesitamos reorientar nuestras políticas e instituciones desde el objetivo predominante de la eficiencia económica a enfocarnos en la creación de una prosperidad compartida y empleos seguros de calidad”, y entre las medidas se menciona la necesidad de “diseñar una forma más saludable de globalización que equilibre las ventajas del libre comercio con la necesidad de proteger a los vulnerables y coordinar las políticas climáticas permitiendo al mismo tiempo el control nacional sobre intereses estratégicos cruciales” y “establecer un nuevo equilibrio entre los mercados y la acción colectiva”.

En Berlín se celebró una reunión optimista sobre la nueva política industrial bajo el título "Recuperar al pueblo". El profesor James Galbraith no quedó muy impresionado. Foto de Facebook.
En un reciente debate optimista sobre el margen de maniobra para una nueva política industrial, el economista estadounidense James K. Galbraith, profesor de la Universidad de Austin, Texas, era la mosca en la sopa. “La política industrial es una quimera nostálgica”, afirma. “Para responder a la ira del público tras cuatro décadas de neoliberalismo, los economistas progresistas y de centroizquierda piden innovación para crear riqueza “para la mayoría” y hacer frente al cambio climático, reduciendo al mismo tiempo la concentración y el poder del mercado. Desafortunadamente, se equivocan sobre dónde está el verdadero problema”. Su argumento es que “después de 40 años de negligencia y depredación neoliberales”, los gobiernos no tienen las instituciones ni la gente para llevar a cabo una nueva política industrial, y la innovación ha servido principalmente para enriquecer a personas como Jeff Bezoz, Bill Gates, Elon Musk, etc. Las herramientas que quedan son los aranceles y los subsidios corporativos, y “para repartir los subsidios, la administración Biden contrató a consultores de Wall Street, las mismas personas responsables” del actual desastre. La “izquierda light” que ahora aboga por una nueva política industrial es “la misma gente que hace 40 años trató de rescatar al Partido Demócrata frente a la embestida de Reaganomics”. Y concluye: “En aquel entonces, al menos, era plausible. Pero ahora, como en el pasado, no parecen dispuestos a enfrentarse a los bancos, los contratistas militares o los magnates tecnológicos que ahora gobiernan el Occidente. No piden la desfinanciación, el desarme o la socialización de las nuevas inversiones. Buscan reconstruir la capacidad estatal dejando en su lugar todas las fuerzas que la destruyeron. Mientras tanto, enormes fuerzas políticas nuevas están llenando el vacío dejado por las políticas neoliberales en Estados Unidos y Europa. Dado el daño causado, puede que no haya manera de calmar la ira que empuja a esos “populistas peligrosos” hacia el poder. Por desgracia, es poco probable que el aleluya de una idea obsoleta ayude mucho”. Así que lo que dice es básicamente que, frente a la reciente ola de partidos “populistas” de derecha, lo que están proponiendo es demasiado poco y demasiado tarde.

Según el profesor James Galbraith, el Partido Demócrata de Estados Unidos no ha sabido hacer frente a la política económica de Reagan, que implicaba la transferencia de poder al capital financiero y a los magnates de la industria. Ahora será muy difícil recuperar ese poder. Foto de Wikipedia.
El profesor Galbraith toca un punto certero: la economía es política y poder. Los que ignoran la necesidad de enfrentarnse a los poderes que crearon las sociedades neoliberales actuales, no harán más que hablar.
Es evidente que la “izquierda” no ha comprendido la importancia de cómo las políticas industriales afectan a diferentes sectores de la población. Este es claramente el caso de la “transición verde”. La política de una energía más cara (impuestos sobre el CO2, etc.), la transición a las energías renovables y la costosa electrificación del transporte pueden ser fáciles de entender y aceptar para la clase media urbana acomodada, pero no lo son tanto para la gente que lucha por llegar a fin de mes o que vive en el campo, donde la necesidad de un carro es obvia. Lo que sí ven es que estas políticas les están perjudicando, lo que ha provocado una reacción popular. Un ejemplo son los “chalecos amarillos” franceses. Lo mismo ocurrirá con muchas otras formas de política industrial. Pueden diseñarse de una manera u otra, y según la forma en que se diseñe afectará de manera diferente a los diferentes grupos de la sociedad.
Esto nos lleva al problema de la tradicional división izquierda-derecha en la política. No porque la división entre ricos y pobres haya desaparecido, sigue en pie. Pero, según el economista francés Thomas Piketty, se debe a que tanto la izquierda tradicional como la derecha tradicional han sido tomadas por la misma élite profesional urbana. Piketty, a quien creo que políticamente se le puede clasificar como un socialdemócrata (aunque inusual, ya que está bien enterado tanto del marxismo como de la economía convencional), afirma que, lamentablemente, la división política ahora está entre la “izquierda brahmán” (los brahmanes son los más altos en el sistema de castas hindú) y la “derecha mercantil”. En el contexto francés, esto ha creado un vacío que es llenado por la “Francia Insumisa” de Jean-Luc Mélenchon y otros partidos similares de izquierda en las ciudades más grandes, y por el “Rassemblement National” de Marine Le Pen en las ciudades más pequeñas en zonas rurales. También hay sociólogos que afirman que, en realidad, la “izquierda brahmán” y la “derecha mercantil” han formado ahora un nuevo “Bloque Burgués”.

Según Thomas Piketty, la sumisión de los partidos tradicionales a la globalización neoliberal ha creado un vacío a la izquierda y a la derecha. En Francia lo ha llenado a la izquierda Jean-Luc Mélenchon (Francia Insumisa) y a la derecha Marine Le Pen (Agrupamiento Nacional).
No son sólo los no-neoliberales los que se preguntan cómo navegar este nuevo mundo que aparece ante nosotros. Claramente también hay confusión en los altos templos del neoliberalismo como el Banco Mundial, el FMI y la OCDE. Me divertí mucho leyendo un artículo reciente de Branko Milanovic, quien fue economista principal del departamento de investigación del Banco Mundial de 1991 a 2013. Su punto es que es incorrecto vincular la caída reciente del orden neoliberal a la elección de Trump, ya que "los principios fundamentales de la globalización neoliberal han sido abandonados por los economistas convencionales mucho antes". "Sin embargo, se ha argumentado (y creo que es obvio) que las semillas de su ascenso (de Trump) fueron en realidad sembradas por políticas neoliberales que gradualmente han perdido apoyo popular. No es casualidad que 77 millones de personas votaran por Trump ni es casualidad que movimientos similares estén tomando fuerza actualmente y desestabilizando políticamente a grandes países occidentales como Alemania y Francia. Este aspecto interno y el papel del neoliberalismo en el aumento de la desigualdad, la reducción de la movilidad social, el aumento de la morbilidad y la mortalidad entre las clases medias en los EE.UU., la disociación de los intereses de los ricos del resto de la sociedad, han sido ampliamente documentados tanto en la literatura económica como en la ciencia política”. Su punto es que "el establishment neoliberal ha abandonado en realidad hace más de 20 años los principios de la globalización que las mismas personas han estado defendiendo públicamente". Sostiene que esto es así por tres razones: (i) el horror al éxito de China (debería ser aclamado, no lamentado), (ii) las afirmaciones de que China ha estado "robando" tecnología (todos los países en desarrollo deberían estar imitando tecnología extranjera superior, ese es el mero objetivo de la cooperación al desarrollo), y (iii) que los "aspectos internacionales de la globalización neoliberal han sido abandonados por las personas que solían defenderlos" (se refiere a la creación de bloques comerciales, el uso de sanciones contra los países en desarrollo y el freno a la inmigración). Como dice, “no se puede imaginar cómo una misión del Banco Mundial a Egipto podría abogar por una reducción de los aranceles o de los subsidios mientras que al mismo tiempo el país más importante, no sólo económicamente sino en términos de ideología económica sugerida o impuesta, Estados Unidos, está aumentando sus aranceles y subsidios”. Y, “si la política industrial es buena para Estados Unidos o para Europa, la pregunta es ¿por qué se debería desaconsejar esa política en Egipto o Nigeria?”.
Es una muy buena pregunta. Históricamente, siempre han sido los países que han sido líderes económica y tecnológicamente (primero Inglaterra, luego Estados Unidos) los que han estado promoviendo el libre comercio y clamando contra los subsidios, mientras que los países que estaban rezagados no lo han hecho (como Estados Unidos y Alemania en el siglo XIX). ¿Quizás el consejo al que se refiere Branko, y que ha sido la receta estándar del FMI, el Banco Mundial y la OCDE durante décadas, siempre ha sido un mal consejo?
China y otros países como Japón y Corea del Sur han tenido éxito porque no siguieron estos consejos. Eso debería dar algo en qué pensar al alto clérigo neoliberal.
