13 12 2018

¿Será que EE.UU. puede impedir que China siga desarrollándose?

El espectacular arresto en Canadá del jefe de finanzas del gigante chino de telecomunicaciones Huawei viene poco después de que el gobierno norteamericano a principios de este año impusiera un castigo a otra empresa china de telecomunicaciones, ZTE. El argumento es que estas compañías han violado las sanciones norteamericanas contra Irán. Pero el conflicto va mucho mucha más allá y tiene una importancia profunda tanto para EE.UU. como para China, con consecuencias de amplio alcance. ¿Hasta dónde está dispuesto a ir Estados Unidos para evitar que China se convierta en una gran potencia tecnológica?

El impresionante ascenso de China como potencia económica es bien conocido. China es ahora en términos de poder adquisitivo la economía más grande del mundo, un cambio impresionante si se compara con la situación hace un par de décadas.1

 

El ascenso de China como potencia económica ha causado preocupaciones entre los países desarrollados, y en particular en la única superpotencia mundial, los EE.UU. Al principio, la reacción fue condescendiente: no había razón para preocuparse, China solo estaba ensamblando productos para las compañías occidentales y no tenía ninguna capacidad propia. Cuando empresas chinas comenzaron a producir productos propios de calidad decente, la reacción fue que solo estaban copiando, sin capacidad de crear algo novedoso por sí mismos.

Pero ahora la reacción es diferente, en realidad parece más bien pánico. China está dando pasos para convertirse en un competidor en áreas de alta tecnología, algo que es considerado como el dominio propio de las principales compañías de Estados Unidos y, en menor medida, de Europa y Japón. Huawei, en la actualidad el mayor productor mundial de equipos de telecomunicaciones y el segundo mayor productor de teléfonos móviles, encarna los peores temores de EE.UU. Emplea a 80,000 personas en el área de la Investigación y el Desarrollo (I+D) y tiene un presupuesto de I+D de aproximadamente 15,000 millones de dólares en 2018, todavía por debajo de gigantes norteamericanos como Amazon y Alphabet (compañía matriz de Google), pero pisándoles los talones. Huawei ha participado activamente en los comités internacionales para fijar los estándares para la nueva red telefónica 5G y posee una parte importante de las patentes (junto con empresas como Qualcomm, Samsung, Nokia y Ericson). Tres de los cinco miembros de la alianza de inteligencia "cinco ojos" han prohibido el uso de equipos de Huawei en sus sistemas de telecomunicaciones (EE.UU., Nueva Zelanda y Australia), alegando preocupaciones de seguridad. Los dos últimos miembros de "cinco ojos", Reino Unido y Canadá, están bajo fuerte presión norteamericana para cancelar sus contratos con Huawei (y deshacerse del equipo que ya han instalado). El gobierno norteamericano ha presionado al proveedor norteamericano de servicios telefónicos ATT y ha logrado que la empresa rescinda un acuerdo para vender teléfonos Huawei a sus clientes. Aun así, Huawei acaba de superar a Apple para convertirse en el segundo mayor vendedor de teléfonos inteligentes del mundo (después de Samsung).

La preocupación norteamericana no se limita a Huawei. Temen perder el liderazgo tecnológico en varias áreas, como inteligencia artificial, semiconductores, memoria no volátil, robótica, aeronáutica, etc.

Lo que en particular ha causado la ira norteamericana es la ambiciosa política china llamada "China 2025", que apunta a un cambio radical en la economía, abandonando la producción de productos de bajo valor agregado, basada en salarios bajos, y apuntando a productos de alta tecnología con alto valor agregado. Es una aspiración natural, dado el nivel de madurez que ha logrado la economía china y el aumento de los costos laborales del país. Si China no logra incursionar en los productos de segmentos superiores del mercado, quedaría atrapada en una situación en la que es demasiado costosa para la producción de productos estándar pero tampoco es competitiva en productos más avanzados. Con "China 2025" China pretende replicar  lo que han hecho países como Japón, Singapur y Corea del Sur en las últimas décadas, y en realidad no es tan diferente de la política alemana "Industria 4.0". Sin embargo, la gran diferencia es que China no es un aliado, es un país grande y es considerado un competidor peligroso. Así que Washington parece estar dispuesto a ir muy lejos para frustrar las aspiraciones de China, utilizando todos los medios a su disposición.

Una forma de hacerlo es negarse a comprar productos chinos de alta tecnología y convencer o forzar a la UE y Japón a seguir su ejemplo, argumentando que los productos son una amenaza para la seguridad nacional, que las empresas chinas no siguen la política de sanciones norteamericanas contra otros países (Irán, Rusia, etc.), que los productos atentan contra la propiedad intelectual de empresas norteamericanos y que las empresas chinas tienen ventajas injustas por los subsidios abiertos u ocultos que reciben del gobierno chino, lo que distorsionaría la competencia para las empresas estadounidenses (Google, Qualcomm, Amazon, Boeing, etc.).

Otra forma más agresiva y perturbadora es negar a las empresas chinas el acceso a componentes clave producidos en los Estados Unidos, extendiendo esta prohibición a los productos de otros países, si estos productos incluyen componentes o patentes norteamericanos. Estas medidas fueron aplicadas a ZTE, y pueden ser aplicadas también para someter a Huawei. Esta es una medida extrema porque cuestiona el concepto fundamental de cadenas de suministro globales, sobre el cual está basada gran parte de la industria moderna, ya que las empresas han abandonado la integración vertical, subcontratando la producción de componentes a otras empresas, muchas veces ubicadas en otros países. Las cadenas de suministro globales solo pueden funcionar, si hay confianza en que los suministros son estables y llegan a tiempo. Si esta confianza ya no existe, las cadenas de suministro globales carecerían de utilidad y pondrían más bien en peligro la producción.

Causó un tremendo susto en China cuando EE.UU. prohibió a ZTE usar componentes norteamericanos. Sin acceso a los componentes clave norteamericanos la empresa se vería obligada a cerrar y despedir a sus 75,000 trabajadores. Después del pago de una multa millonaria, se le permitió al final nuevamente a ZTE el uso condicionado de componentes norteamericanos. El caso ZTE les hizo ver claramente a los chinos cuán dependientes son de los componentes extranjeros, y qué tan fácil es para el gobierno norteamericano sacar del juego aún a grandes empresas chinas, si así lo desea. El éxito percibido de las sanciones contra ZTE (no provocó contramedidas de parte de China, y ZTE cumplió rápidamente con las medidas impuestas) parece haber hecho que los círculos gobernantes de Estados Unidos olfatean la sangre. Han llegado a pensar que aparentemente han subestimado su poder y este descubrimiento les hace cambiar a una política mucho más agresiva para someter a China. Según Trump, las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar.

Sin embargo, esta postura agresiva será necesariamente contraproducente. El uso del liderazgo tecnológico para negar el acceso de otros países y compañías a componentes clave necesariamente significará que los países que no son aliados de EE.UU. harán lo posible para evitar depender de estos componentes. Así que es una espada de doble filo, ya que también ahuyenta a los compradores. Lo mismo ocurre cuando el gobierno norteamericano usa la prohibición de realizar transacciones en dólares estadounidenses como arma. Los países y las empresas que temen ser futuras víctimas de esta política, intentarán por razones obvias evitar realizar transacciones en dólares estadounidenses, una tendencia que ya se está vislumbrando.

Nos falta ver todavía cómo terminará el enfrentamiento entre EE.UU. y Huawei. Mi conjetura es que China va a esforzarse al extremo para cumplir con las exigencias de EE.UU., y sin el respaldo del Gobierno chino, Huawei no tiene muchas opciones. La razón es que China no se encuentra aún en una posición que le permita ir a una confrontación abierta en este campo, y según el estratego clásico china Sun Tzu, cuando estás construyendo tus fuerzas tienes que aparentar debilidad. Pero las consecuencias a largo plazo serán profundas. Las acciones contra Huawei no lograrán que China abandone su política de apoyar a sus compañías en su paso hacia sectores de alta tecnología. Todo lo contrario, han subrayado bastante la urgencia de que China lo haga.

El resultado de este enfrentamiento entre EE.UU. y China va a definir la correlación de fuerzas para las décadas venideras. El gobierno norteamericano puede intentar con todas las medidas a su alcance impedir que China se convierta en un país desarrollado basado en la producción de productos de alta gama, y ​​así preservar el monopolio virtual de las industrias clave de alta tecnología de EE.UU. China es una gran potencia económica, pero si el gobierno norteamericano logra a la fuerza imponer una coalición que la niega a China el acceso a componentes clave y la excluya de las redes globales de investigación, será extremadamente costoso, quizás imposible, que China duplique la investigación y el desarrollo realizados por la coalición EE.UU-UE-Japón. Una estrategia similar, combinada con el alto costo de la carrera armamentista, funcionó contra la Unión Soviética, que se rezagó tecnológicamente y finalmente se desintegró. Pero también será bastante costoso para EE.UU. y sus aliados, ya que los bienes se volverían más caros y las empresas occidentales perderían el acceso al mercado chino. Aunque China sin duda sufrirá más. La globalización y el establecimiento de cadenas de suministro globales abarataron la producción: una interrupción de las cadenas de suministro globales y el retorno a la integración vertical significarían una vuelta hacia atrás.

Con la amenaza de interrupción de las cadenas de suministro globales, uno de los puntos más débiles de la industria china es su dependencia de semiconductores importados. Actualmente importa el 85% de los semiconductores que necesita y gasta más en esto que en la importación de petróleo y gas. Sin duda, los chinos acelerarán el desarrollo de la producción propia en esta área, aunque hay quienes ponen en duda que lo vayan a poder hacer. Vamos a analizar más al fondo la estrategia “China 2025” en el siguiente artículo.

 Notas:

1. Los datos de 2000 de Brasil e Indonesia no son disponibles, por lo que las cifras se refieren a  2010 y 2011. Los datos de  2016 de Francia y Reino Unido se refieren a 2015.

Para leer el siguiente artículo sobre este tema, pulse aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Thorbjorn Waagstein

Thorbjørn Waagstein, Economist, PhD, since 1999 working as international Development Consultant in Latin America, Africa and Asia.

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