25 07 2024

La emigración no es un camino hacia el desarrollo

Soldado norteamericano buscando inmigrantes irregulares en la frontera entre Estados Unidos y México, 30 de julio de 2006. Soldado norteamericano buscando inmigrantes irregulares en la frontera entre Estados Unidos y México, 30 de julio de 2006. Foto de Tech. Sgt. Brian E. Christiansen United States Air Force. https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=21498000

Según el dogma neoliberal y globalista que ha dominado el mundo desde los rugientes años noventa, la inmigración es una situación en la que todos ganan, ya que las personas pasan de empleos mal pagados en los países en desarrollo a empleos más productivos y mejor remunerados en los países desarrollados. Todos ganan, ¿verdad? No, todos no. Los perdedores son los trabajadores poco cualificados de los países desarrollados, lo que genera resentimiento y radicalización política, y no es una receta para el desarrollo en los países en desarrollo. ¿Solución? Mover los empleos, no las personas.

La inmigración es un tema extremadamente divisivo en los países desarrollados. Crea resentimiento entre una parte de la población, incluso en países que históricamente tienen su origen en inmigrantes, como Estados Unidos. Algunos consideran “progresista” o incluso “socialista” hacer campaña por el el libre ingreso de inmigrantes al país, y las personas que lo resienten son etiquetadas de “xenófobos” o “racistas”. Para algunos, ser pro-inmigración equivale a ser “pro-multiculturalista”, lo que se considera bueno, mientras que otros insisten en la asimilación como condición para la inmigración.

La ola de globalización de los últimos decenios ha ido acompañada de muchos estudios que dicen demostrar que la inmigración es una ventaja para todos. Se afirma que los inmigrantes impulsan el crecimiento económico y esto a su vez conduce a más demanda de mano de obra. Así que, al final, no hay razón para que la población nativa tema la pérdida de empleo o salarios más bajos.

La realidad es más complicada. Es difícil medir los efectos de la inmigración en el mercado laboral, ya que hay muchos otros factores en juego y muchas veces se permite la inmigración a gran escala justamente en períodos de crecimiento económico y desempleo relativamente bajo. De todos modos, muchos estudios muestran que la migración sí tiene un efecto sobre los salarios de los trabajadores poco calificados, como el sentido común nos haría esperar, pero la mayoría afirma que el efecto es pequeño. Pero estos son análisis a corto plazo. El economista anglo-estadounidense, ganador del premio Nobel, Angus Deaton, escribió recientemente (sorpresa: en el sitio web del FMI): "Solía ​​ser parte del casi consenso entre los economistas de que la inmigración a los Estados Unidos era algo bueno, con grandes beneficios para los inmigrantes y pocos o ningunos costos para los trabajadores nacionales poco cualificados. Ya no lo creo (.…). El análisis a más largo plazo del último siglo y medio cuenta una historia diferente. La desigualdad era alta cuando Estados Unidos estaba abierto, era mucho menor cuando las fronteras estaban cerradas….”

Inmigrantes irregulares detenidos en la frontera de Estados Unidos con México. Foto: US Customs and Border Protection, Public domain, via Wikimedia Commons.

George J. Borjas, profesor de economía en Harvard Kennedy School, especializado en asuntos migratorios, es más contundente. Escribió en 2016, cuando la inmigración era un tema central en la contienda electoral entre Donald Trump y Hilary Clinton: "(El) mensaje puede ser difícil de digerir para muchos estadounidenses, pero cualquiera que te diga que la inmigración no tiene ningún efecto negativo no entiende cómo funcionan las cosas en la realidad. Cuando la oferta de mano de obra sube, baja el precio que las empresas tienen que pagar para contratar trabajadores. Las tendencias salariales durante el último medio siglo nos indican que un aumento del 10 por ciento en el número de trabajadores con un conjunto particular de habilidades probablemente reduzca el salario de ese grupo en al menos un 3 por ciento. Incluso después de que la economía se haya ajustado por completo, los grupos que recibieron la mayor cantidad de inmigrantes seguirán teniendo salarios más bajos que aquellos que recibieron menos inmigrantes”. “El salario más bajo de alguien es siempre la mayor ganancia de otro. En este caso, la inmigración redistribuye la riqueza de quienes compiten con los inmigrantes hacia quienes los utilizan: del trabajador al empleador”. Pues, ¿qué se puede decir? Esto no es ciencia complicada, se puede tomar de cualquier libro de texto de economía para estudiantes universitarios de primer año. Quienes estén familiarizados con Marx sabrán que él lo llamó el “ejército industrial de reserva”.

Como hay muchos intereses en juego, las actitudes hacia la inmigración están fuertemente politizadas. Muchos empleadores consideran el libre acceso a mano de obra extranjera como esencial para sus negocios y tienen bastante influencia sobre los políticos en poder. Sin embargo, se presenta muchas veces la política en pro de la inmigración no como lo que es, es decir, una política favorable a los empleadores, sino más bien como un gesto humanitario hacia los pobres de los países en desarrollo. Quizás por eso muchos que se consideran “progresistas” están en favor de la libre inmigración.

El presidente estadounidense Joe Biden afirmó recientemente que la economía estadounidense estaba creciendo “porque damos la bienvenida a los inmigrantes”."Piénsalo. ¿Por qué China se está estancando económicamente?” “¿Por qué Japón está teniendo problemas? ¿Por qué la India? Porque son xenófobos. No quieren inmigrantes”. Ahora, Joe Biden nunca ha sido un pensador brillante, pero aparte de sus idioteces sobre China y la India (no hay escasez de mano de obra en ninguna de ellas) y sobre el actual crecimiento económico de Estados Unidos (no está impulsado por la inmigración sino por un altísimo déficit en el sector público y una deuda pública insostenible), creo que la actual inmigración sin precedentes efectivamente es una característica de la política económica estadounidense, como él dice, no es un efecto inesperado. Los economistas que promueven una mayor inmigración sostienen que ésta es la mejor manera de frenar la inflación (ya que una alta inmigración mantiene bajos los salarios). Así que la llamada “crisis migratoria” en la frontera sur de Estados Unidos no es realmente una crisis, sino una política deliberada. Sin embargo, como muchos en Estados Unidos ven con preocupación el alto nivel de inmigración y siendo 2024 un año electoral, el gobierno estadounidense finge estar preocupado e intenta demostrar que está tomando medidas para frenar la inmigración. Pura hipocresía, pero desgraciadamente muchas veces es así como funciona la política.

Ha habido por muchos años una llamada “crisis fronteriza” en la frontera entre Estados Unidos y México. Pero no es un accidente, es intencional. El presidente estadounidense Joe Biden dijo en mayo que la frontera abierta es clave para el crecimiento de Estados Unidos y que China y sus aliados en India y Japón son xenófobos y por eso tienen problemas económicos. Foto: Caravana de emigrantes en Honduras, Octubre de 2018, via Wikimedia Commons,

Pero ¿qué pasa con los países de donde provienen los inmigrantes?

La emigración significa obviamente menos oferta de mano de obra en la economía local, por lo que los salarios de algunos grupos de trabajadores pueden aumentar. Las remesas implican mayores ingresos para parte de la población, lo que estimula el comercio (y las importaciones de bienes de consumo), los servicios y algunas actividades productivas locales, particularmente en la construcción. Las remesas están “goteando” hacia arriba hacia las clases dominantes, ya que ellos muchas veces tienen un monopolio en la producción de bienes de consumo de la población (por ejemplo cemento, azúcar, jabón, alimentos procesados, refrescos, cerveza, licores, etc.) y dominan el comercio y las finanzas.

Normalmente se pasa por alto el costo humano de la emigración, pero es elevado. Las personas que emigran muchas veces dejan a sus hijos al cuidado de sus padres u otros familiares, y estos niños sufren, incluso cuando las familias reciben remesas. El dinero no sustituye el amor de los padres. Muchos inmigrantes nunca se sienten realmente como en casa en su nuevo país y tienen la esperanza de volver “a casa” cuando hayan ahorrado suficiente dinero. Pero resulta que no es fácil.

Los emigrantes raras veces provienen de la población más pobre, ya que se requiere recursos financieros para poder emigrar: en Centroamérica, el precio para llegar ilegalmente a Estados Unidos oscila entre 5.000 y 10.000 dólares, pero es una maquinita que funciona de forma rápida y eficiente, generalmente sin muchos problemas. Muchas de las personas que emigran son trabajadores calificados (carpinteros, albañiles, electricistas etc.) que no son fáciles de reemplazar; algunos son médicos, dentistas, enfermeras, ingenieros, etc., que normalmente consiguen trabajo como trabajadores no calificados en EE.UU. (establecimientos de comida rápida, mensajería, jardinería, cuidados del hogar y similares). Así que los emigrantes dejan un vacío en su país de origen.

Para la economía nacional, las remesas funcionan de manera muy similar a la renta de las exportaciones de petróleo, minería, tráfico de drogas y similares. Se trata de ingresos que fluyen hacia el país y que no están respaldados por una producción local. Están impulsando el consumo, raras veces las inversiones productivas. En algunos casos, esta entrada de divisas conduce a una sobre-evaluación de la moneda local (llamado “el síndrome holandés”) que hace que la producción local ya no sea rentable. Sale más barato importar que producir.

En resumen, la receta neoliberal y globalista según la cual los países pobres exportan materias primas y su gente a los países desarrollados y les compran bienes manufacturados, no es un camino hacia el desarrollo. Es un callejón sin salida.

¿Pero qué se puede hacer? Es evidente que existe un desajuste cuando el capital y el conocimiento productivo están disponibles en los países desarrollados y hay una fuerza laboral subutilizada en los países en desarrollo. Pero este desajuste debería resolverse trasladando la producción a los países en desarrollo, no trasladando a la gente. Esto puede funcionar si los países en desarrollo abandonan las recetas neoliberales y aplican políticas adecuadas. Y sería útil si los países desarrollados estuvieran dispuestos a contribuir al financiamiento de la infraestructura productiva necesaria.

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Thorbjorn Waagstein

Thorbjørn Waagstein, Economist, PhD, since 1999 working as international Development Consultant in Latin America, Africa and Asia.

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