Según el dogma neoliberal y globalista que ha dominado el mundo desde los rugientes años noventa, la inmigración es una situación en la que todos ganan, ya que las personas pasan de empleos mal pagados en los países en desarrollo a empleos más productivos y mejor remunerados en los países desarrollados. Todos ganan, ¿verdad? No, todos no. Los perdedores son los trabajadores poco cualificados de los países desarrollados, lo que genera resentimiento y radicalización política, y no es una receta para el desarrollo en los países en desarrollo. ¿Solución? Mover los empleos, no las personas.

¿Debe la gente tener el derecho a moverse libremente entre los países? Como es bien sabido, en gran parte del mundo el capital ya se está moviéndose libremente. Y la gente acomodada puede moverse libremente: en muchos países desarrollados se le otorga automáticamente un permiso de residencia permanente a la gente que promete invertir una cierta cantidad de capital. Pero, ¿por qué limitar este privilegio a la gente acomodada? ¿Por qué no dejar que todas las personas se muevan como quieran? Es una buena pregunta. Pero, a parte de los problemas conocidos que la migración masiva implica en los países receptores, a menudo se pasa por alto que las migraciones masivas igualmente conllevan altos costos para los migrantes. Y los países que ellos dejan atrás tienden a quedarse atrapados en un bajo nivel de desarrollo.