Vladimir Putin se ha convertido en el Occidente en el símbolo de todo lo que no nos gusta. Él es agresivo, autoritario, brutal y poco fiable, y por colmo tiene ojos azules fríos que no reflejan sentimientos. El villano perfecto para una película de James Bond. Por desgracia, también es inteligente, competente y elocuente, y al contrario de su predecesor enclenque goza de buena salud, y hasta es medio deportista. La mayoría de los rusos tienden a pensar que es un mejor presidente que los que tenían antes. Pero nosotros estamos anhelando nuestro viejo, corrupto, incompetente y alcohólico Boris Yeltsin.
Verdaderos revolucionarios no se limitan a tomar el poder. Ellos destruyen también la estructura de poder existente y construyen un Estado completamente nuevo, sustituyendo los viejos funcionarios con gente de su propio movimiento revolucionario, con la esperanza de deshacerse no solamente del viejo sistema, pero también de su ideología. Esto fue la receta de la gran revolución de octubre en Rusia en 1917, y es la misma receta que está aplicando OTAN ahora. En Iraq. En Libia. En Siria. Esto ha sido beneficioso para OTAN – nunca ha lucido tan fuerte como ahora. ¿Pero ha sido beneficiosos para nosotros?