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20 11 2021

La vieja, mala costumbre de intromisión

Frontcover of Time Magazin, July 16, 1996. Frontcover of Time Magazin, July 16, 1996. http://content.time.com/time/covers/0,16641,19960715,00.html

Las elecciones estadounidenses de 2016 en las que Donald Trump derrotó a Hilary Clinton dieron lugar a una ola sin precedentes de acusaciones de intromisión en las elecciones. La principal señalada fue Rusia, y se insistió en que la intromisión rusa fue decisiva para el resultado. Si no, ¿cómo podría perder Hilary, a pesar del respaldo de casi todos los círculos de poder y los medios de comunicación? Que EE.UU. acuse a otros países de entrometerse en sus asuntos internos es bastante gracioso, dado que es una especialidad de ellos, y se jactan de sus logros. Sin embargo, la intromisión en los asuntos internos de otros países es una vieja, mala costumbre y aparentemente imparable. Pero se debería hacer algo para frenarlo.

En 1996 Boris Yeltsin, el primer presidente ruso después de la disolución de la Unión Soviética, estaba buscando su reelección. Los desastres provocados por la política neoliberal de choque llevada a cabo por el equipo de Yeltsin con sus asesores extranjeros, en su mayoría estadounidenses, significaron que según los sondeos era probable que perdiera las elecciones. Por lo tanto, recibió el respaldo masivo de EE.UU., un préstamo extraordinario del FMI y financiamiento y apoyo técnico para su campaña. Finalmente, ganó, aunque según un artículo en la revista Time, Dmitri Medvedev, que más tarde se convertiera en primer ministro de Vladimir Putin, afirmó que "en realidad no ganó la reelección en 1996 para su segundo mandato". En otras palabras, la segunda votación presidencial en la historia de Rusia fue manipulada. Thomas Graham, principal analista político de la Embajada de EE.UU. en Moscú de 1994 a 1997, comparte esta opinión. Pero, como él dice: “... fue un caso clásico donde los fines justifican los medios, y obtuvimos el resultado que queríamos. Obtuvimos el resultado que querían nuestros socios, los reformadores, en Rusia, y es hasta después que mucho de esto comenzó a desmoronarse de manera muy visible para la gente tanto en Rusia como en el Occidente”.

Hay muchos estudios de cómo EE.UU. ha intervenido en otros países, ya sea a través de golpes militares, campañas de desinformación o manipulando elecciones. El hecho de que de repente se considere la intromisión en otros países cómo un problema es, por supuesto, la derrota de Hilary Clinton en 2016, la favorita de los círculos de poder y casi todos los medios establecidos. Tuvieron que encontrar a alguien a quien culpar por la derrota. Es posible que la intromisión rusa a través de las redes sociales haya tenido algún efecto, pero teniendo en cuenta los enormes recursos invertidos en la campaña por los dos partidos políticos (6,500 millones de dólares), es ridículo afirmar que unos cientos de miles de dólares en anuncios en Facebook, o incluso si fueron un par de millones de dólares para financiar "granjas de trolls" (como se sostiene), podrían hacer que Trump ganara las elecciones. Si fuera cierto, entonces los partidos políticos estadounidenses deberían despedir a su personal de campaña y contratar a algunos de estos rusos. Parece que ellos proveen resultados muchos mejores con un costo muchísimo menor.1)

Sin embargo, la cuestión de la eficacia de la intromisión rusa no es el punto. El punto es que entrometerse en los asuntos internos de otros países es malo, independientemente de quién lo haga. Por supuesto, el punto de vista de EE.UU. es diferente. Se entromete para promover la justicia, la democracia y los derechos humanos, mientras que los rusos (o los chinos, o quien sea) se entrometen con propósitos nefastos. La intromisión de EE.UU. es una contribución a un mundo mejor, mientras que la intromisión de sus adversarios es maligna. Así que tenemos que aceptar que EE.UU. se guía por objetivos altruistas, por lo tanto, sus acciones son justificadas.

Viviendo en América Latina, la ira de EE.UU. por la intromisión en sus elecciones es graciosa, por decirlo amablemente. Cuando la Corte Suprema de EE.UU. tardó varias semanas en decidir si George W. Bush o Al Gore había ganado las elecciones presidenciales de 2000, circulaba un chiste en el Internet (en español). “¿Sabes por qué se tardan tanto en decidir quién ganó las elecciones en Estados Unidos? Respuesta: es el único país del mundo que no tiene una embajada gringa”. Cualquier candidato presidencial de centro o de derecha en América Latina estará pidiendo el visto bueno del embajador de EE.UU., y en muchos países piden incluso su respaldo, público o solapado. En muchos países pequeños, la Embajada de EE.UU. convoca a los partidos políticos a una reunión en la Embajada para discutir los candidatos, y cuando lo considere necesario, la Embajada "facilita" un acuerdo sobre un candidato común para evitar dividir el voto. Es un actor muy activo en la vida política interna de los países latinoamericanos y raramente considera necesario ocultarlo. El dinero no es un problema, siempre está disponible. Incluso préstamos extraordinarios del FMI.

El uso de la desinformación para influir en otros países tampoco es nada nuevo. La desinformación fue una herramienta muy importante durante la guerra fría y fue utilizada con mucha más eficacia por EE.UU. que por la Unión Soviética. El uso del Internet y las redes sociales para influir en la política de otros países es, por supuesto, más reciente. El argumento ahora es que esto le da a Rusia y China una ventaja ya que controlan sus redes sociales y el Internet, mientras que el Occidente no. En el caso de Rusia, es cierto que tiene sus propias redes sociales muy populares (Vkontakte, Odnoklassiki, Telegram, Yandex para búsquedas, entre otras), pero por ejemplo Instagram, Youtube y Facebook aun así tienen decenas de millones de usuarios en Rusia, mientras que la presencia de las redes sociales rusas fuera de Rusia y las antiguas repúblicas soviéticas es insignificante. Y por cierto, Telegram, que tiene 550 millones de usuarios activos mensuales en comparación con los 2 mil millones de Whatsapp, es propiedad de Pavel Durov, quien vive en Suiza y no es muy cooperativo con el gobierno ruso, a diferencia de Facebook y Whatsapp, que tienen vínculos estrechos con el gobierno de EE.UU. Por lo tanto, es difícil ver cómo Rusia debería tener una ventaja.

Sea como fuere, la intromisión es un práctica generalizada y va mucho más allá de los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales. Un instrumento que ha ganado una popularidad creciente en el Occidente es el uso de organizaciones no gubernamentales para promover sus intereses. Las inmensas fortunas de los magnates estadounidenses, vivos y muertos (Ford, Carnegie, Rockefeller, Soros, etc.), se han utilizado durante los últimos siglos para establecer fundaciones acaudaladas que financian una diversidad de buenas causas dentro y fuera de EE.UU. (búsqueda de tratamientos para el cáncer y vacunas, derechos de la mujer, reducción de la pobreza, etc.). También financian Centros de Investigaciones Sociales y Económicas o "Centros de Pensamientos" (Think Tanks) que operan en todo el mundo, incluso en la mayoría de los países en desarrollo. Y en Rusia.

Centros de Pensamientos invariablemente tienen una agenda política en los países donde operan. Para dar un ejemplo: la Fundación Carnegie para la Paz Internacional de EE.UU. tiene una sucursal regional en Moscú. Una búsqueda en inglés en Google sobre un asunto social o económico relacionado con Rusia arrojará inevitablemente su página web, por lo que debe tener una relación privilegiada con los algoritmos de Google. Aboga por el libre mercado y no le gustan las empresas estatales, caracteriza la anexión de Crimea como una torpeza, la sustitución de importaciones como un fracaso y presenta sombrías predicciones sobre el futuro económico del paíz con la política actual. Etcétera. Son opiniones absolutamente legítimas. Pero como Carnegie Endowment es un actor extranjero, financiado y dirigido desde el exterior, sería difícil evitar de calificarlo de "intromisión" en las políticas internas de Rusia. No conozco ninguna institución similar rusa en EE.UU.

En los últimos años se acusa frecuentemente a Rusia de conducir "guerras híbridas". Incluso tiene un nombre: la "doctrina Gerasimov", y vive su propia vida en los círculos cerrados norteamericanos de debate sobre la Política Exterior (The Atlantic Council, Council on Foreign Relations, Foreign Policy Magazine, etc.). Fue inventado por Mark Galeotti, un apasionado conferencista y consultor anti-Putin radicado en Londres, pero ahora dice que fue un error. Había leído un discurso de 2013 del Jefe de Estado Mayor ruso, general Gerasimov, donde describía las revoluciones de color promovidas por el Occidente (Ucrania, Georgia, Serbia, etc.): “un estado perfectamente próspero puede, en cuestión de meses e incluso días, convertirse en un escenario de feroz conflicto armado, convertirse en víctima de la intervención extranjera y hundirse en un enjambre de caos, catástrofes humanitarias y guerra civil". Entonces, cuando se acusa a Rusia de inventar la "guerra híbrida", se está refiriendo a una descripción rusa de la política occidental. Da una idea de lo venenoso que se ha vuelto el ambiente de la política exterior.

¿Qué se puede hacer para frenar estas "guerras híbridas"? EE.UU. revivió en 2017 una ley de 1938 sobre "agentes extranjeros" para exigir a las organizaciones, instituciones o empresas que reciben financiamiento extranjero que se registren como "agentes extranjeros". Rusia aprobó inmediatamente después una ley similar, y otros países han seguido su ejemplo. Se puede argumentar que la gente por supuesto tiene derecho a saber quién paga por las publicaciones, los medios de comunicación, las investigaciones, etc., a los que está expuesta, pero es un camino peligroso ya que es difícil ver dónde se detendrá.

¿Qué más se podría hacer para definir algunas reglas del juego? La primera condición es reconocer que esto va en ambos sentidos, lo que en sí mismo encontrará mucha resistencia ("nosotros" somos los buenos, "ellos" son los malignos). Pero incluso si lograramos llegar allí, ya que el Internet está involucrado se vuelve tan complejo que no es obvio cómo se pueden formular las reglas, y mucho menos hacerlas cumplir.

Cuando se hace evaluaciones de las capacidades de diferentes países en el ámbito de la guerra cibernética, EE.UU. normalmente aparece como el número uno, seguido de China, Reino Unido, Rusia, Países Bajos, Francia y Alemania. EE.UU. obviamente tiene una posición privilegiada, ya que las agencias de espionaje estadounidenses tienen puertas traseras al sistema operativo Windows, que está instalado en el 88% de las computadoras del mundo, y CISCO, que domina los rúters y conmutadores de redes que hacen funcionar el Internet. Tanto China como Rusia están en proceso de deshacerse de esta dependencia, al menos para las instituciones públicas, pero es un proceso largo y complicado. Solo podemos adivinar qué tan profundamente los diferentes países se han infiltrado en la infraestructura digital de cada uno y cuántos bots maliciosos hibernados están incrustados en ellos. El Convenio de Budapest sobre el delito cibernético de 2001 solo cubre el delito cibernético, no la guerra cibernética. Existe una necesidad obvia de mejorar estas regulaciones. Pero esto requiere acuerdos entre por lo menos las principales potencias.

Una cosa que podría ayudar sería acabar con el anonimato en Internet. Ninguna dirección de correo electrónico sin un propietario genuino e identificable detrás, ningun usuario anónimo en las redes sociales, ninguna página web sin un propietario identificable. Así funcionaba el mundo antes del Internet. Por supuesto, existían cartas anónimas, pero su envío era costoso, por lo que se limitaba a unos pocos destinatarios. El argumento en contra es, por supuesto: ¿qué pasaría con los denunciantes y las personas que viven bajo gobiernos represivos? Hay formas de solucionarlo. Los periódicos siempre han tenido la posibilidad de decir que el autor de una carta publicada es anónimo, pero que conocen a la persona. De manera similar, se podría configurar sitios web de denunciantes, para que nadie sea silenciado, pero los administradores de estas páginas serían responsables de la veracidad del contenido y de que las opiniones expresadas no estén llenas de discursos de odio, injurias, etc.

Así nos liberaríamos por lo menos de una gran cantidad de los discursos de odio, mensajes de phishing y correos no deseados (“spam”). Y nos libraríamos de spam en los sitios web, sin tener que aplicar Captchas complicadas o verificaciones de doble vía. Por cierto, también nos desharíamos de los famosos “bots rusos”. Parece atractivo, ¿verdad?

 

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Nota:

1) Uno de los elementos más extraños del cuento de "Russia-gate" fue el "Expediente Steele". Era tan fantasioso que debería ser obvio que pertenecía al ámbito de las teorías de conspiración. El cuento era que el presidente de EE.UU. era un agente de los Servicios Secretos de una potencia extranjera, ya que ellos tienen un video de él haciendo cosas indecentes con prostitutas rusas en un hotel en Moscú. El hecho de ser una teoría de conspiración no significa necesariamente que sea falsa. Las conspiraciones existen. Sin embargo, debería haber alertado a personas adultas y serias de que una historia tan inverosímil requiere más pruebas de lo que normalmente se exige, antes de darlo credibilidad. Pero no hubo evidencias, solo rumores no verificados. Esta teoría de conspiración fue promovida por casi todos los medios establecidos en EE.UU. y gran parte del resto del mundo occidental. Fue tomada como un hecho, comprobada. Si alguien lo negaba sería acusado de difundir noticias falsas y sería sancionado en las redes sociales. Ahora incluso el periódico “Washington Post”, que fue uno de los medios que más activamente promovió el cuento, se ha retractado, al menos parcialmente. Igor Danchenko, un investigador clave del “Expediente Steele”, había trabajado en Brookings Institution, un “Centro de Pensamiento” liberal, como analista de Rusia de 2005 a 2010 y allí conoció a Christopher Steele, un ex espía británico. Danchenko ha sido arrestado por mentir al FBI sobre sus fuentes. Una de las fuentes clave de Danchenko resultó ser Charles Dolan Jr., quien trabajaba para la campaña de Hillary Clinton, que a su vez cierto pagó por el expediente. Círculo cerrado. Adam Schiff, presidente del Comité Selecto Permanente de Inteligencia de la Cámara de Representantes, defendió su promoción durante mucho tiempo del ahora desacreditado “Expediente Steele” afirmando que su equipo "no podía haber sabido" que Igor Danchenko, supuestamente había mentido.

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